Mi padre me enseñó a nadar de muertito. Y con el tiempo aprendí a nadar de dorso, de mariposa, nado libre, y hasta me gané una que otra medallita local. Pero lo más importante fue aprender a nadar de muertito en las olas altas, en lo más profundo. Estar nomás así, sintiendo que las olas pasan. Que esas olas que se van a convertir en caos en la orilla, y saber que tú las pasaste como si nada. Para mí era como estar en el top of the world, y no sabía.
Y mi papá ahí a un lado, flotando. Yo todavía con un poco de miedo de que nos comiera un tiburón, o una mantarraya. Es más, con un pargo que se me pusiera al tiro en esas profundidades ya iba a haber pedo. Y mi papá como si nada, como diciéndome "no seas culón" — pero sin decírmelo. Era nomás su expresión, su mirada, su cara: me decía que todo estaba bien.
Y yo, de pendejo, le seguí el rollo. Una criaturita.
Y funcionó. Sigo vivo. Y todas esas enseñanzas están aquí, funcionando.
No era el mejor nadador
Mi papá no era un nadador profesional. A la mejor ni de los buenos. Era doctor, era un friki de los libros con una convicción que no le cabía en el cuerpo, y era también un aventurero, un apasionado, un enamorado. El mar era de esas cosas que lo volvían joven. Que lo volvían vivo.
Y eso hace la historia mejor, no peor. Porque si tu papá es campeón olímpico y flota tranquilo, pues claro, sabe lo que hace. Pero si es un doctor lector que le entra a todo, y aun así está ahí boca arriba en lo hondo con la cara relajada, entonces lo que te está enseñando no es a nadar.
Nadie me lo dijo con palabras. Y ahí está lo que más me sorprende de todo el asunto: el miedo no se me quitó con un argumento. Yo seguía pensando en el tiburón. Seguía pensando en el pargo. Lo que me desarmó fue una cara. Un señor flotando a tres metros, sin prisa, sin explicarme nada. La pura cara de siempre, la misma del "no seas culón". Y con eso bastó.
El cuerpo le creyó a su cara antes de que la cabeza terminara de sacar cuentas con el tiburón.
Y luego el mismo mar me rompió un diente
Otro día me llevó a pescar a Las Glorias, la playa de Guasave.
Él se fue a nadar y a mí me dejó atrás de unas piedras. La marea subiendo, las olas pegando, y él nomás viéndome atento desde allá. Y de repente una ola me pasa por enfrente — y me rebota por detrás. Me estrella contra una piedra y me rompe un diente en caliente.
Mi padre nervioso, corriendo a ayudarme. Y luego, la parte de a de veras: corriendo a enfrentarse con la leona de mi madre.
Ahí fue donde el gran aventurero empezó a entender que también hay que aprender de límites. Que ya no andaba solo. Que traía otra criaturita cargando.
El caos es de la orilla
Y aquí está lo que me tardé como treinta años en ver, aunque me lo enseñaron con el mismo mar.
En lo hondo, con él flotando al lado, las olas me pasaban por debajo y no pasaba nada. Ni una. Las mismas olas.
Atrás de esas piedras, en la orilla, una sola me rebotó por la espalda y me dejó sin diente.
No cambió el mar. No cambió la ola. Cambió dónde estaba yo parado.
La ola en lo profundo es un lomo de agua que te levanta y te baja. Esa misma ola, cuando llega a lo bajo y encuentra fondo y encuentra piedras, es la que revienta, la que revuelca, la que golpea. El caos no está en el agua. El caos es un fenómeno de la orilla.
Y ya sé para dónde va esto, porque es para donde va todo lo que escribo. Pero déjame decirlo derecho: el mundo va a seguir haciendo ruido. Los pendientes, la gente, el WhatsApp, los clientes, la familia, el tráfico, el dinero, las noticias, el algoritmo. Todo eso son olas y no se van a calmar porque tú se los pidas. Nadie ha calmado nunca el mar.
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